por Sebastián Quintana
Partiré diciendo que lamento mucho que esta película no haya sido puesta en las carteleras locales (excepto el cine UC que la tuvo dos días, creo). Le han negado a las personas un momento de alegría.
La película es una adaptación del fantástico libro de Maurice Sendak. Trata de un niño adorable que, como típico cabro chico, le da una pataleta y se pelea con la mamá y le grita y blablablá, se fuga de la casa y llega a una isla donde viven unos monstruos. Estos monstruos son como peluches gigantes o como Olga (pa’ los que cachan) o como esos monos que están en los supermercados con un loco cagado de calor adentro y que uno (yo por lo menos) siempre les pegaba en las canillas o combos en la guata.
El punto es que este cabro chico llega a la isla, se encuentra con los peluches y se transforma en su rey. Entonces está como en el mundo de bilz y pap, porque pueden hacer lo que les de la gana. Juegan todo el día, se tiran al montoncito, rompen árboles, corren sin parar, se agarran a piedrazos, etc. y lo mejor de todo… lo pasan chancho y nadie les dice nada.

Los peluches son re feos pero tiernos. Estos peluches son la representación de un grupo de niños jugando en una plaza. Está el enojón, ese que se amurra por lo que sea; la tierna que le cae bien a todo el mundo y a todos les gusta; el feito que nadie pesca y anda todo el rato triste; el que todos hacen bulling y se deja pegar, pero no se va porque no tiene más amigos; y la loca que es como gritona y su pololo.
La película no tiene una trama densa ni dramas angustiantes ni nada de eso, simplemente son las peripecias de un cabro chico en un mundo ideal, es como el cumpleaños del hermano/a menor. Acá no hay responsabilidades, ni trabajo, ni estudio.
Spike Jonze (el director) logra transportamos a esa edad donde las cosas eran considerablemente más sencillas y nuestros papás tomaban las decisiones por nosotros. Donde no teníamos preocupaciones y en lo único que pensábamos era en salir a jugar. El film nos muestra la inocente e infinita imaginación de los niños, junto con sus sueños, esperanzas y, principalmente, su felicidad. Por que sí, en esta película no pude dejar de sonreír, la disfruté con alma de niño (no me costó mucho) y de verdad terminé feliz.
Cuesta darnos cuenta que vivimos en un mundo acelerado, lleno de cosas que hacer. El film nos hace recordar que no hay que dejar morir al niño interior, ese que hace tonteras y se ríe por todo. En ese sentido Jonze nos da un sermón inverso, nos dice "para de hacer las tareas y sal a jugar". Where the wild things are es una película para cabros chicos-grandes, no es como esas de disney o pixar.

Sobre el director debo decir que el loco es seco. Ha hecho varias pelis que no he visto y también videos musicales de bandas bakanes como sonic youth, rem, björk y fatboy slim, entro otros. Ojalá pronto podamos ver otra peli de él, pero por ahora tengo que ver las que me faltan.
La banda sonora es otra cosa. Canciones muy lindas y alegres que te dan ganas de poner en el mp3 y escuchar camino a la U para empezar bien el día. Gran trabajo de Karen Lee Orzolek. De muestra, un botón:
Todo lo que dije es absolutamente subjetivo. Es que me es imposible ver esta película con otros ojos. No es que sea mamón, pero a veces es necesario disfrutar las cosas sin preocuparse de nada, como un cabro chico.
Ahora debería decirles que vayan al cine y disfruten una linda película, pero no haré eso. Métanse a internet y bajen Where the wild things are, no se arrepentirán. AAAUUUUUUU!!!!!!